15 de septiembre de 2014

Como a un plátano pasado

¿A quién no le ha pasado alguna vez que lo trataran de una manera en especial (para mal) a causa de su apariencia? Cometer este error a veces es de lo más inocente, pero otras tantas de lo más doloroso, sobretodo cuando te pasa a ti. El que no se paren a mirar dentro de ti, más allá de tu piel, de tu cáscara, te dan la pata como a aquel plátano que lleva semanas en la nevera y cuyo aspecto no es de lo más agradable que te puedas encontrar. Pero puede que si esos mismos que te dieron un día aquella patada, te hubiesen conocido, te hubiesen descubierto la cáscara y se hubiesen atrevido a probarte, tal vez pensarían algo totalmente distinto sobre ti y seguramente, más acertado que lo que veían por fuera. No puedes forzar a que alguien se coma un plátano, pero tampoco puedes desprovechar las oportunidades en las que su apetito le dice que sí, que lo pruebe y se lo zampe.
Igual que pasa este caso también está el inverso, en el que una pieza de fruta tratada con químicos y sometida a medidas artificiales, de aspecto estupendo, cual manzana de Blancanieves, te envenenan hasta sus pepitas.
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