31 de agosto de 2014

Nuestro cementerio viviente

No sé como nos las arreglamos para llegar a éstas, pero aquí nos encontramos entre cuerpos sin mente y esqueletos sin carne, parece como si nos hubiésemos trasladado a un cementerio con las verjas cerradas, del cual no podemos escapar.
Por un lado están los pretendientes a ser zombies, los autómatas de carne y hueso, que van pululando por ahí sin mirarse los unos a los otros, sin sentirse los unos a los otros, cada uno aislado en su eterno nicho. En el peor de los casos, ni siquiera nos vemos a nosotros mismos en tal situación, atamos nuestra mente a la perdición, a la sumisión de un agente externo para idolatrarlo de sobremanera y a un precio más que elevado.
Por otro lado, y no demasiado mejor que el primero, se encuentran aquellas personas las cuales se encadenan a sí mismas hasta reducirse a huesos, a un mero esqueleto, ¿de verdad eso resulta natural? Es comprensible que tengamos gustos dispares, pero de ahí a esto hay mucha distancia, muchos complejos y mucho dolor para que después de todo se conviertan en un desecho óseo con los ojos vendados. Puede resultar macabra la comparación, pero la idea de instalar la belleza en la completa delgadez me resulta más cercana a la necrofilia que a cualquier otra cosa.
¿Se abrirán algún día las verjas de este nuestro cementerio?
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