20 de marzo de 2012

Compañía solitaria

Y lo que voy a relatar no quiero evidenciar qué es, pero quien quiera creer que es ficticio que lo crea y quien quiera creer que es real, que así sea...

Una tarde de invierno, de estas que el frío te cala los huesos y te van tiritando hasta los sesos. Se me ocurrió salir de casa, se me ocurrió quedar con ella, con ella. De camino al encuentro con la esperanza, no era de esos que llega con tardanza. Llegué al sitio, un parque más que vacío. Allí no había ni un alma, ni siquiera la mía. Me senté en un banco, por cansancio e impotencia, no estaba ella, ella.
Y así las cosas, decidí esperar, lo que aguantara en aquel gélido lugar. Mi compañía era el frío, que me llegaba dentro, no tan dentro como el amor que sentía, claro. Silencio y ausencia, yo con mi firme paciencia, de allí nada se movía, ni nadie más había.
Al cabo del tiempo, pasó una hora, larga y llena de tristeza, en la que me dí cuenta de una cosa con pereza: estaba más sólo y derrotado que nunca. Me dí cuenta, de lo que yo sentía, era una cosa única, para mí, como medio cuerpo, algo inacabado. Amar sin ser amado lo llaman.
Fue un duro golpe contra el viento helador, pero dentro de mí, aún había algo de calor. Seguí esperando quieto, no sé porqué, tal vez por la imposibilidad de reaccionar, tal vez por las lágrimas que corrían por mis mejillas, tal vez porque no había otra vez. Tal vez, tal vez te amé tanto como frío hacía ese día, pero decir eso es seguramente quedarme corto.
Paralizado estuve otra hora allí, el interior de mi corazón fue oscureciendo al mismo tiempo que lo hacía el paisaje, la noche se acercaba, me iba a acompañar mucho frío como no me moviera de aquel lugar inmóvil.
Durante la vuelta a casa, me quedé pensando en que no había estado, ni mucho menos, solo esa tarde. Me había estado acompañando ella en todo momento, ella; pero era otra "ella", era la soledad.



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