29 de agosto de 2015

Imaginar o realizar

¡Qué bien te sientes! Mirar a tu alrededor y no percibir fallo alguno, así se vive fenomenal, sin preocupaciones que te rodeen ni presiones que te empujen. Vas a tu bola y todo tiene buena pinta, todo te sale a pedir de boca...
Empiezas a escuchar un leve ruido a lo lejos. Se acerca, se acerca. Lo oyes más fuerte y como si de un guantazo se tratase, te espabila, te despierta a la primera. Empiezas a preguntarte donde estás, notas el sudor cayendo por la frente, piensas que tal vez debes hacer como él, correr y buscar tu camino aunque sea por la ley de la gravedad. Una vez te pusiste en marcha, el recuerdo de cómo lo era todo se establece borroso en tu cabeza, intentas identificar o reencontrarte con algo de que aquello que te supo a gloria pero no encuentras nada y a medida que te alejas, menos recuerdas, hasta que se desvanece aquella onírica experiencia.
Sientes ahora sobre tus pies a un cuerpo que no sabes si te corresponde pero que es más vivo que el pasado sueño en el que estabas inmerso. Todo ese tiempo que estuviste en tus imaginaciones, la realidad se fue desgastando, la derrochaste en parte por darle la espalda.
Aunque resulten ser las fantasías los recovecos más seguros y cálidos, que ocupen demasiado tiempo o que llegues a pensar que son reales y olvides a la propia realidad es lo más frío y peligroso que te puede ocurrir nunca. Tener a mano un despertador no es capricho de la vida, fue invención nuestra.
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