24 de marzo de 2012

Mar de realidad

Ese agua salada, a veces turbulenta, a veces apacible pero igual de incontenible, es el colofón del cauce de los ríos, dulces y sensibles... Todo empieza en lo alto de la montaña (en la cabeza de las personas), se empieza a generar algo, algo líquido que es movido por la gravedad , ese agua que emana de la montaña (ilusiones) que corren hacia abajo, con un destino fijo, más o menos distante: la mar (la realidad)

El cauce del río, el cauce de las ilusiones que te arrastra hacia un final, te arrastra si no te sales de ese río, pero ahí lo ves todo tan aparentemente claro (como el agua, nunca mejor dicho) Y por el transcurso del río, ese agua, cargada de ilusiones, se va incrementando más y más, un río conecta con otro, las ilusiones se multiplican.

Finalmente, a algún lado tiene que llegar todo eso, ¿donde si no? A la vasta mar, donde te das cuenta de todo realmente, y ese contenido dulcemente ilusioro que se transportó por el río, se acaba contaminando de sal, que te aporta la pizca de realidad. Si tomas demasiada sal, te acabas asqueando.
La realidad y el mar no tienen piedad, como te confíes mucho mientras vas navegando por ellas, te puedes hundir, y te puedes dar por perdido.
El mar y la realidad tienen una gran capacidad para erosionar, ya sean acantilados, ya sean sueños irrealizados... Lo terminan por desmoronar todo, la arena de la playa se convierte en lodo.

Pero puede que antes de llegar a la cruda mar, haya alguna barrera que corte las líquidas ilusiones, una presa que contenga todo el material de la ilusión, que depure el agua (tu alma), y que permanezca, por fin, en paz, en armonía, estática.

Publicar un comentario